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Published: Sunday, July 17, 2016

Parte II: Aislados Entre la Multitud
Alejandro Domínguez, La Raza del Noroeste
Y
Sharon Salyer, The Daily Herald
@NWhealthwriter
El único lugar donde Jordan Torres, de 13 años se sentía cómodo era en su cuarto oscuro.

“Me acostaba en la cama…no queriendo hacer nada solo estar acostado todo el día… ni queriendo levantarme”, dijo él.

“Mi mamá me preguntaba, ‘¿Que tienes?’ Yo no le decía nada y solo estaba en el cuarto en la oscuridad”.

Él recuerda sintiéndose de la misma manera, y no saber porque, cuando era más joven, cuando tenia tan solo 6 o 7 años de edad.

El padre abusaba físicamente de sus hermanos, verbalmente de su madre, y golpeaba a Jordan. Un pariente era alcoholico y el divorcio de sus padres eran problemas que hacían que Jordan se escondiera en su cuarto.

Su mayor apoyo emocional era su abuela, quien lo animaba al hablar con ella y darle apoyo. Pero cuando ella murió, él sintió que no tenía a nadie a quien acudir.

Una noche, su madre, Tina Torres, llegó a casa despues del trabajo y notó que Jordan actuaba de una manera extraña, colocando sus manos en el estomago y en su cabeza. Su instinto maternal le dijo que había razón para preocuparse, asi que lo llevó al hospital.

En el camino, ella le preguntó que sucedió.

Finalmente contestó, “es mi culpa; me voy a morir.”

Su hijo de 9 años le contó que tragó varias pastillas para el dolor.

Era solo el inicio de lo que serían varios intentos de Jordan para lastimarse o acabar con su propia vida.

Otro episodio fue con un cuchillo, que por suerte, causó una herida leve después de que fuera derribado por su hermano.

Los problemas con las drogas no lo ayudaron. En una ocasión, cuando estaba usando cocaína, pensó en dispararse. “Mi hermano tenía una pistola en su cuarto,” dijo.

En un viaje a Yakima en la primavera del 2007, una discusión con su madre rápidamente se convirtió en peleas de palabras y voluntades. Jordan trató de saltar del carro, pero su mamá fue capaz de detenerlo.

Jordan no podía recordar cuando alguien finalmente le dio las palabras que describían sus sentimientos.

“No sabia mucho hasta que me dijeron porque me estaba sintiendo triste y sin esperanza todo el tiempo”, dijo él. “El doctor dijo que era porque tenía depresión.”

Pero se sentía incómodo con la idea de tomar medicamentos. Lo veía que simbolizaban que algo estaba roto dentro de él.

No querer admitir que se tiene este problema es común entre los hispanos – no importa si son adultos o jóvenes.

Mientras el estigma sobre admitir problemas de salud mental está esparcido en la cultura americana, esta vergüenza es mas profunda entre los hispanos.

Ver a un consejero u otro especialista para problemas de salud mental es un concepto foráneo para inmigrantes de otros países donde estos servicios no están tan disponibles, dijo Claudia D’Allegri, vicepresidente de servicios de tratamiento de comportamiento para los Centros de Salud Comunitarios de Sea Mar.

La organización sin fines de lucro provee servicios médicos y de salud mental para el oeste y centro de Washington. Sus servicios están abiertos para todos pero se especializan en ayudar a latinos.

“Solo venir a un centro de consejería es cosa de miedo para nuestra comunidad.

“Lo llamamos loco”, dijo. “Definitivamente estereotipamos a gente con enfermedad mental”.

Este profunda estigma cultural puede ser parte de la razón por la que, aún a su corta edad, Jordan no quería admitir que algo estaba mal.

Tomar medicamentos para la depresión “me hizo sentir que los otros chicos eran mejor que yo porque no estaban tomando las pastillas”.




NI DE AQUÍ, NI DE ALLA

La experiencia de Jordan Torres es un ejemplo de los desafíos de salud mental que enfrenta la juventud hispana.

Los niños nacidos en los Estados Unidos de hispanos tienen más probabilidad de tener desórdenes de salud mental que sus padres que nacieron en el extranjero, de acuerdo al Instituto Nacional de Salud Mental.

Las adolescentes latinos y jóvenes adultos de segunda y tercera generación tienen más problemas con el alcohol y las drogas que inmigrantes de primera generación que vienen de México, dijo el Dr. Sergio Aguilar-Gaxiola, profesor de medicina y director del centro para reducir diferencias de salud en la Escuela de Medicina de la Universidad California Davis en Sacramento.

Las mujeres jóvenes latinas tienen el porcentaje más alto de intentos de suicidio que sus similares afro-americanas o caucásicas, dijo él.

Algunos de estos problemas pueden ser causados por conflictos de adolescencia entre niños y padres, aumentado por conflictos sobre valores, creencias y costumbres, dijo.

“La cultura americana las motiva a ser sexys y asertivas”, dijo Aguilar –Axiola, mientras la familia espera que las mujeres adolescentes latinas sean mas modestas y sumisas.

La falta de lazos fuertes con parientes, costumbres y la comunidad también pueden ser parte de los problemas que enfrentan jóvenes hispanos de segunda y tercera generación, agregó Aguilar-Axiola.

Las jóvenes hispanas pueden estar usando los intentos de suicidio como un grito de ayuda, dijo él, al estar en conflicto con sentimientos de impotencia y frustración, viviendo en familias donde los padres están frecuentemente ausentes, trabajando largas horas para cumplir con las necesidades, afrimó.

Este patrón entre la juventud ocurre en culturas que suele no reconocer enfermedades mentales, como la depresión, como problemas. Es posible que los hispanos tengan un bajo porcentaje en cuanto al uso de servicios de salud mental entre todos los grupos étnicos, agregó Aguilar-Axiola.

“Cuando comparas a los diferentes grupos étnicos, los latinos son quizás el grupo étnico que utiliza menos los servicios de salud mental al igual que los asiáticos del Pacífico, “dijo.

Aguilar-Axiola fue el director de un proyecto hecho para trabajadores de temporada que consistía en medir la frecuencia en la que utilizan los servicios de salud mental.

La encuesta encontró diferencias entre generaciones dentro de la población hispana en como se acercan a los servicios de salud mental, aclaró. Entre los trabajadores de campo, uno en cada 10 usó servicios de salud mental comparados con uno en de cada seis de la primera generación y uno de tres nacidos en los Estados Unidos.

“La segunda generación es diferente a la primera generación. La segunda se siente sin lugar”, dijo Aguilar – Axiola, refiriéndose a que la segunda
generación tiene conflicto con su identidad cultural, sintiéndose atrapados entre dos mundos.

Aguilar –Axiola no sabe porque existen las diferencias entre generaciones.

La condición económica no es factor, dijo él, lo que causa una “paradoja latina”. Generalmente, la pobreza y el bajo nivel socioeconómico están relacionados con enfermedades mentales. Esto no sucede con los hispanos, dijo Aguilar-Axiola.

A pesar de estar en desventaja social y económica, los hispanos suelen estar más saludables, dijo Aguilar-Axiola.

Su creencia es que los inmigrantes hispanos se benefician de la protección que encuentran en familias tradicionales. El problema es que estos comportamientos de protección se están deteriorando, dijo él. Las familias ya no están intactas y el porcentaje de divorcios de hispanos de segunda generación ha aumentado a casi un 50 por ciento. Hace 30 años, el porcentaje de divorcios era de 20 por ciento, dijo Aguilar – Axiola.

“Nosotros vemos erosión de comportamiento en 13 años, debido a la aculturación”, declaró Aguilar-Axiola.




NO ES FACIL SER ADOLESCENTE

Los jóvenes hispanos se enfrentan a desafíos que combinan los problemas de ser adolescente y ser inmigrante en una etapa de sus vidas que son más abiertos a experimentar, dijo Wendy Messarina, quien trabaja en el Distrito Escolar de Marysville como conexión de la comunidad con padres que hablan español.

Messarina ayuda a supervisar a un grupo de alrededor 16 jóvenes hispanos de preparatoria que participan en un programa especial por Internet para ayudarlos a graduarse.

Entre lo que los estudiantes le platican, la preocupación por su estado migratorio es lo que afecta la salud mental en general.

Sienten ansiedad cuando buscan empleo, o piden una licencia de conducir o incluso para ir a eventos escolares de los padres tienen miedo de ver a los maestros o asistir a juntas de la escuela. Los estudiantes se sienten ignorados, dijo.

Malos entendidos acerca del sistema escolar también contribuyen a su aprehensión. Por ejemplo, los padres no saben que tienen que reportar las faltas a la escuela. Las faltas que no sean reportadas pueden hacer que el estudiante deba ir a corte, y padres y jóvenes se llenan de ansiedad porque creen que van a ser deportados, dijo Messarina.

A menudo, los estudiantes se hacen solitarios, alejándose de clubes y grupos, ya sean americanos o hispanos, porque no quieren ser blancos fáciles.

“Ellos se sienten como el patito feo”, agregó.

Ese sentimiento de no ser parte a una comunidad puede esparcirse de grupos sociales, a sentirse un extraño al vivir en este país. Puede limitar su uso del inglés y bajar su confianza al hablarlo.

Incluso miembros de familia de la misma generación pueden tener diferentes sentimientos de pertenecer a la comunidad,

Blanca y su familia son indocumentados quienes han vivido en Lynnwood por los últimos tres años. Ella pidió que solo se usaran los nombres para esta historia.

Su hijo, José, 14, y su hija Alejandra, 10, tienen dos diferentes maneras de ver su lugar en la comunidad.

Alejandra ha hecho amigos y ama a los Estados Unidos. Para ella, regresar a México es imposible, dijo Blanca.

“Mi hija siempre habla el inglés”, dijo. Ella dice que su hija es la que más habla en este idioma que cualquier otro miembro de la familia. “Mi hijo solo habla inglés en casos de emergencia y cuando está en la escuela”.

José, dijo Blanca, sabe que este no es su país. Sus sentimientos de no sentirse querido se basan en un incidente que sucedió en Monroe hace unos meses.

Mientras José y su padre estaban pescando en un río, alguien marco con marcador negro las palabras “Regresen ilegales” en las ventanas y cajuela del carro familiar.

“¿Porqué nos hacen esto?” le preguntó José a su padre.

Lo limpiaron y no lo reportaron a la policía. Blanca no se dio por enterada hasta hace poco.

Blanca dice que ella planea regresar a México con su familia dentro de dos años. Mientras, ella quiere que sus hijos aprendan todo el inglés que puedan, para mejorar sus oportunidades de obtener un buen empleo.




UNA OPORTUNIDAD PARA CAMBIAR

Seis años han pasado desde que Jordan Torres de 9 años tomó las pastillas de su madre y fue internado en el centro de tratamiento de Sea Mar para adolescentes al sur de Seattle.

Esos años fueron llenos de de turbulencia para el joven, incluyendo el uso de marihuana a diario cuando tenía 13 años, seguido por el uso de drogas más pesadas.

“Me hacían sentir que nada podía tocarme”, explicó. “Me hacían olvidar todos mis problemas”.

Empezó a faltar a la escuela, se unió a una pandilla y robó casas para comprar drogas.

Su madre se daba cuenta de sus ojos rojos y olía lo que quedaba de la marihuana en su cuerpo.

“Ella lo sabía, pero no podía hacer que parara”, dijo Jordan. “Yo tenía que querer que parara”.

Su mamá trató todo tipo de argumento de persuasión para hacer que cambiara.

“Eres el hermano mayor de alguien de 9 años, ¿qué ejemplos estás poniendo?”, recuerda haberle preguntado.

“Yo no podía hacer que se quedara quieto el tiempo suficiente para meterlo en consejería de salud mental”, dijo su madre. “Él estaba tan fuera de control y enojado... Estaba en una clase de misión… para hacerse daño”.

Finalmente, la única opción que sentía que tenía era sacarlo de la casa. Jordan vivió en las calles por alrededor de un mes. En febrero fue recogido por la policía como alguien que huyó de su casa.

Una corte juvenil en Yakima le asignó a que asistiera a tratamiento. Fue mandado por 90 días al centro juvenil de tratamiento de Sea Mar al sur de Seattle. Sus programas ayudan a adolescentes a resolver asuntos complicados y relacionados que frecuentemente incluyen drogas, alcohol, pandillas y salud mental.

La organización tiene centros de tratamiento y ambulatorios que ayudan a adultos y jóvenes a recuperarse de abuso de substancias y problemas de salud mental. Su centro en Seattle, “Renacer”, tiene un horario militar: cuando levantarse, cuando levantar la cama, cuando comer, cuando ir a clases, cuando asistir a sesiones de consejería individuales o de grupo.

Para evitar conflictos sobre afiliaciones de pandillas, todos usan la misma vestimenta que incluye pantalones gris, camisas gris y sandalias negras.

Jordan odiaba el régimen y estar lejos de su casa. Llamaba a su mamá casi cada día, rogándole que lo visitara. “Sigo rezando y Dios no me está contestando”, le dijo.

Ella lo vio de otra manera. “Él estaba tratando de caminar por dos caminos”, dijo ella que les decía lo que querían escuchar y todavía planeaba en salir y seguir con el mismo estilo de vida.

Después, durante su segundo mes en Sea Mar, ella notó un cambio.

Es posible que fuera la fría dosis de realidad de las discusiones de grupo y visiones de lo que su futuro puede ser si no hacía grandes cambios. Jordan dijo que escuchaba historias de ser un adicto, de vivir en las calles sin familia. No quería que eso le sucediera a él.

Es posible que fue por voluntad propia. “Yo quiero hacer algo de mi vida”, dijo. “Las pandillas y las drogas solo van a alejarte de tu vida y tus sueños. Me di cuenta como le hice daño a mi familia. No es algo de orgullo, son muchos corazones rotos y lágrimas.”

El 11 de junio, tres meses después de que fue internado, Jordan estaba sentado en un cuarto para la ceremonia de graduación del programa. A su lado estaba su madre, sus hermanos Jorge “George” Castro, 23, Bonifacio Miguel, 9, y su tío, Johnny Torres, de Tacoma.

Había un pastel de celebración esperando ser servido. Pero primero, el personal y cada compañero de Jordan le dijeron unas últimas palabras de aliento.

“Cada vez que decías, ‘estoy cansado de lastimar a mi mamá’, era exactamente lo mismo que yo sentía,” dijo un joven con el pelo rapado.

“Tú y yo llegamos aquí el mismo día, nos peleamos como hermanos”, dijo otro adolescente con cabello corto y con una barba pequeña. “Es increíble cuanto has avanzado. Mantente fuerte”.

Su madre sabía que el desafío más grande para Jordan todavía estaba por llegar. “El trabajo real empieza cuando sales”, dijo ella. “Tienes que aplicar lo que has aprendido”.




PADRES SIN PODER

Niños y jóvenes que reciben consejería de Sea Mar frecuentemente les falta un padre o una madre quien tuvo que irse a otra ciudad o fue deportado.

Otros tienen problemas complejos con pandillas, dijo D’Allegri, vicepresidente de servicios de tratamiento de comportamiento para el grupo sin fines de lucro.

La diferencia cultural puede ser sobrecogedora. Jóvenes inmigrantes están buscando por su identidad y el idioma se hace relevante. Los jóvenes de segunda generación empiezan a olvidar el español y tienen mejor inglés.

Ya sean hispanos de segunda generación o niños inmigrantes, ambos frecuentemente se vuelven intérpretes de la familia. Esto les da oportunidad de manipular información en temas como su trabajo en la escuela, o darles responsabilidades que están más allá de su edad o comprensión.

El rol de Sea Mar es de darles más poder a los padres, dijo D’Allegri. “Nosotros creemos que no podemos tratar a la juventud a menos de que se trate a la familia”.

Sea Mar tiene un programa y su personal son consejeros bilingües que ayudan a las familias a conectarse cuando una persona solo habla un idioma.

Cuando la familia se reúne, se tiene que manejar con asuntos culturales, como los valores familiares contra presión social de la adolescencia, dijo D’Allegri.

En la cultura hispana, síntomas de estrés, ansiedad y otros problemas de salud mental frecuentemente son tratados como algo que el individuo debe de arreglar por si mismo, dijo Luís Vilá, un consejero de salud mental de Consejo, grupo sin fines de lucro que ofrece servicios de consejería a hispanos en Seattle.

Los hombres no aprenden a aceptar que estan asustados o tristes, dijo Vilá. En lugar de eso, ellos ocultan sus emociones al enojarse. “Ellos se ponen irritables, no están felices con nadie ni con nada. No duermen bien. Se auto medican con alcohol y a veces otras drogas”.

Las mujeres que están deprimidas o tienen otro tipo de problemas de salud mental tienden a llorar más, diciendo que desean nunca despertar más o dicen “estoy lista para que Dios me llame”, dijo Vilá.

Los niños se irritan más, se ponen tristes, cambia su apetito, y a veces, dice él, son desafiantes en la escuela.

Niños y adolescentes de familias inmigrantes a veces pelean con el estrés de aclimatarse a una nueva cultura, dijo María López, directora asistente para servicios de niños y familias en Consejo.

La depresión es el problema más común que ella ve en los niños. Ellos a veces acuden al alcohol y drogas de las calles para ocultar sus síntomas.

Ella también ve a niños con ansiedad y desórdenes de atención; a veces hasta con condiciones sicóticas y pensamientos de suicidio, dijo ella.




MALOS HABITOS SON DIFICILES DE DEJAR

Al final de agosto, casi a tres meses de su graduación del programa de Sea Mar, Jordan caminó la banqueta en una tarde de verano en Wapato en su camino hacia una sesión de consejería.

Su hermano mayor, Jorge
Cas tro, estaba sentado dentro de la casa de la familia al lado de un aire acondicionado a toda su potencia. Grandes momentos le esperaban a Jordan.

Su 16avo cumpleaños sería en dos días, y su familia estaba haciendo planes para una celebración.

Jordan regresaría a la preparatoria la semana siguiente.

Tanto como su hermano mayor como su madre dijeron que notaron grandes cambios en Jordan cuando regresó a casa, este estaba dispuesto a hablar y ser abierto con ellos.

Jordan todavía experimenta momentos de depresión, volviéndose inusualmente callado. Esa es la señal para que su hermano baje el volumen de la televisión.

“¿Qué está pasando?” preguntaría Jorge.

Pero en el pueblo con alrededor de 4,500 personas en el centro de Washington, las tentaciones de su antigua vida nunca están lejos.

Su mamá empezó a sentir que algo estaba mal con su hijo, un cambio, nuevamente, en su comportamiento. Un día, ella lo confrontó.

“Jordan, estás usando nuevamente”, ella dijo.

Lo negó, pero si estaba usando. Para su cumpleaños, la familia de Jordan planeó una salida de grupo. Oscar Torres, el hermano de 19 años de Jordan que vive en Canadá, se unió al evento.

En una comida de celebración en un restaurante, le dieron una plática de amor rudo.

“Se hombre; acepta tus faltas”, le dijo Oscar.

Unos días mas tarde, su mamá buscó entre sus pertenencias, encontrando lo que sentía estaría ahí desde varias semanas atrás, marihuana.

“Estamos, todos, de nuevo, ayudándolo a través de esto”, dijo su madre. Una mañana en septiembre, Jordan no quiso tomar sus medicamentos que ayudan a mantener su depresión bajo control, y tiró las pastillas, afirmó.

Los problemas de Jordan – recayendo en viejos comportamientos – no son inusuales, dijo Philip Leija, uno de los consejeros de Jordan en Sea Mar. “Una cosa que los niños enfrentan que los adultos no, es presión social”, él dijo.

“Ellos recaen porque no tienen el apoyo, muchas cosas que los niños necesitan”, dijo, por ejemplo, como un lugar de reunión para la comunidad donde vive Jordan, donde los hispanos puedan decir, “yo solía tener un problema. Ahora estoy limpio y sobrio”.

“Esta familia por una razón, mi corazón está con ellos”, dijo Leija. “Yo creo porque Jordan es un buen chico. Tiene un buen corazón. No tiene la fuerza para tomar el mando y hacer lo que se necesita hacer”.

Los problemas de la familia continuaron. El 19 de septiembre, su hermano Jorge estuvo en un accidente de carro que lo dejó con lesiones que amenazaba su vida y estuvo en una unidad de cuidado intensivo en el hospital por tres días, dijo su madre. La noche del accidente. Jordan huyó de su casa por tres semanas.

Tina Torres dijo que puso los problemas de sus hijos en manos de Dios. Ella rezó por la recuperación de Jorge. Los doctores dijeron que Jorge se recuperó más rápido de lo esperado, a pesar de que necesitaría un bastón para caminar, mencionó.

Ella dijo que rezó para que Jordan tomara control de su vida antes de que se lastime a alguien o a sí mismo.

Su mamá dijo que ella tiene conflictos en saber cuantos de los problemas de Jordan son debido a su depresión y cuantos son debido a que es un joven rebelde.

Cuando su hijo está tomando sus medicamentos para la depresión, “él es un joven diferente…un buen chico. Ese es el Jordan que conozco”, dijo, “más balanceado y concentrado”.

El mensaje que ella y otros parientes tratan de darle a Jordan una y otra vez es que él es aceptado y apoyado por su familia. “Le decimos, no importa que, eres mi hijo, mi hermano y a través de todo, te queremos”.

Una fotografía en la casa de la familia representa todas las esperanzas y reveses quea las que se han enfrentado desde que Jordan terminó sus tres meses en Sea Mar. Fue tomada el 11 de junio, el día que se gradúo del programa, donde Jordan está rodeado de sus hermanos, su madre y tío.

Jordan acaba de decirles cuanto lo sentía por todo lo que los hizo pasar, y les agradeció porque ellos nunca renunciaron a él, por seguir mostrándole amor. La fotografía captura el momento que Jordan se aproxima con afecto a su hermano menor, Bonifacio, dándole una palmada fraternal en la cabeza.

Su mamá dijo que la primera vez que vio la fotografía, lloró, preguntándose: ¿porqué no puede ser?... ¿Porqué él no puede ser?

Jordan, sin embargo, no vio la fotografía sino hasta finales de octubre, cuando regresó a vivir a casa. Su mamá le pidió que le trajera el correo que estaba cerca del sobre con la fotografía dentro.

“¿Cuándo recibiste esto?” preguntó Jordan.

Parecía que reconectaba con ese momento, tanto como un recordatorio de lo que había logrado una vez, y que estaba de nuevo enfrentando muchos de los problemas que lo habían mandado al tratamiento en una ocasión.

“¿Realmente hice eso?” preguntó Jordan.

“Si”, su madre le contestó, “y lo puedes volver a hacer.”


Parte 3: como tradiciones culturales pueden ayudar a personas en mejorar su salud mental.



Sharon Salyer and Alejandro Domínguez’s reporting on the mental health challenges faced by Hispanics is part of a health journalism program offered through the Annenberg-California Endowment Health Journalism Fellowships, administered by the University of Southern California Annenberg School for Communication.

Table of contents
I: Alone Among Us (English)
I: Aislados Entre la Multitud (Español)

II: Fear of 'Loco' Label (English)
II: El miedo de ser llamado Loco (Español)

III: Cultures Turn to Traditional Ways to Heal (English)
III: Mezclando Los Dos Mundos (Español)

IV: Mental illness carries stigma among Asian cultures, too (English)
IV: Hispanos no son los únicos (Español)

Mental Health Resources
English
Español

Audio and Video
View a video feature about the Immigration and Customs Enforcement detention center in Tacoma.
View an audio slideshow about the practice of Jorge Ruiz Chacón, a curandero or natural healer.
Listen to Cristina Mendez-Diaz talk about being at the ICE detention center and her struggle with depression.
(Click play button below)
Listen to Jordan Torres talk during his time at Sea Mar's youth treatment center about his battle with drugs and depression.
(Click play button below)

Credits
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